Hace relativamente pocos días nos ha sorprendido la noticia de que habían capturado a un terrorista islámico de origen nigeriano cuando intentaba detonar un artefacto explosivo en un vuelo con destino a Detroit. Por suerte el artefacto, que al parecer estaba compuesto por una novedosa e inaprensible sustancia, no llegó a funcionar correctamente. Se ha desatado una enorme polémica acerca de las medidas de seguridad en las terminales aéreas y de la imposibilidad de los actuales sistemas de control que hay en ellas para detectar ciertos explosivos, sobre todo cuando estos están hábilmente escondidos.
Independientemente de esta polémica, a mi me ha llamado mucho más la atención otro aspecto de este frustrado atentado.
El sujeto al que se ha capturado es hijo de un hombre de negocios nigeriano con un alto nivel económico y una buena situación social en su país. Como tal, ha disfrutado de una educación y un acceso a la cultura al más alto nivel. Gran parte de esa educación ha transcurrido en Gran Bretaña, a cargo de colegios e instituciones elitistas en los que se le transmitieron los valores humanísticos occidentales y sus consiguientes preceptos de respeto por la vida, tolerancia, etc. No conozco el perfil psicológico de este personaje, ni profundizo acerca de las razones que personalmente le han llevado a convertirse en terrorista, pero da la impresión de que toda esa esmerada formación no ha servido en el fondo para nada.yihadista--490x490
Siempre hemos asociado el fanatismo religioso que anima a los terroristas islámicos con la incultura, la pobreza y la ignorancia. Por lo tanto hemos tendido a pensar que el bálsamo que finalmente conjuraría este mal sería el acceso de esta gente a una educación y a un bienestar material. La mejora de sus condiciones de vida, la democratización de los países en los que habitan y el acceso a la educación parecen las principales soluciones al radicalismo. Es, por tanto, desconcertante, comprobar la gran cantidad de sucesos terroristas ocurridos en los últimos meses, en los que sus autores han sido personas con un alto nivel educacional. Personas con estudios universitarios, trabajos estables, familias estructuradas y sin ningún tipo de apuro económico. Personas que se han formado o han desarrollado sus carreras en países occidentales y que aparentemente estaban perfectamente integrados en estos países y adaptados a sus sociedades.
La lista es muy larga, pero destacaría los tres casos espectaculares del terrorista nigeriano, del médico jordano que se inmoló en un cuartel de la CIA en Afganistán, o del psicólogo de origen jordano del ejercito norteamericano que disparó de forma indiscriminada contra sus compañeros de cuartel en los EE.UU.
No sé exactamente cual es el motivo para que estas personas hayan dado el paso que les ha llevado a la inmolación por unos ideales irracionales y fanáticos. Es posible que sus razones sean completamente independientes o que sus aparentemente ordenadas y felices vidas no lo fueran tanto. Lo que de verdad me inquieta es que se supone que unas personas que han sido capaces de estudiar una carrera superior y ejercerla con relativo éxito, de adquirir conocimientos, de razonar y de conocer otras formas de pensar y otras culturas, personas que han tenido la oportunidad de elegir sin verse obligadas a seguir un solo camino inducido por la miseria y la ignorancia, sean finalmente capaces de matarse y matar a otros seres humanos en aras del fanatismo religioso.
Esto es así, e indudablemente algo está fallando. Y sentir que una de las principales armas con las que contábamos para la erradicación de la barbarie y la irracionalidad no es tan efectiva, hace que por mi espalda corra un escalofrío, y que en mi ánimo se instale la inquietud y la incertidumbre acerca de lo que nos deparará el futuro.