Las leyes de la selva

En pleno invierno, los cortos y desapacibles días hacían que las tardes, una vez caído el sol, se me hicieran interminables. Desaparecida la luz y con la gélida temperatura que estaba haciendo esos últimos días, las posibilidades de hacer cosas que me parecieran interesantes, se reducían drásticamente. Nunca he sido aficionado a las largas veladas de cafeterías, a los cines o a ir de tiendas, con lo que me sentía como una fiera enjaulada en medio de una ciudad hostil y bulliciosa. Faltaba media hora escasa para que se hiciera completamente de noche y aún no habían dado las seis de la tarde. Pensé en aprovechar esos últimos momentos para pasear por el centro y hacer algo de tiempo hasta el momento de coger el coche para marcharme a casa. Aunque era viernes, no había hecho ningún plan para esa noche. Estaba bastante cansado después de una agotadora semana de trabajo y prefería retirarme pronto para aprovechar el sábado plenamente.

Comencé a bajar por una cuesta que describía una amplia curva. Las estrechas aceras estaban casi completamente taponadas por los coches que había aparcados en ellas. La actividad por el centro en esos días previos a la Navidad era muy intensa y la gente estacionaba los vehículos en cualquier lugar. Era la guerra de guerrillas del aparcamiento. Durante esas fechas, el ayuntamiento hacía un poco la vista gorda. No era cuestión de provocar enemistades en días tan señalados. Los clientes aparcaban donde podían, los comerciantes recibían de esta forma su constante riada de clientes y  el ayuntamiento ejercía su abrazo paternalista y tolerante alrededor de sus potenciales votantes. Todos contentos. En un tramo determinado, los automóviles ocupaban por completo el lado de la acera por el que caminaba. Pasé entre dos coches con el fin de cruzar al otro lado de la calle y seguir por él. Miré a un lado y otro de la calzada, a pesar de que era en un solo sentido, y crucé. Justo en el momento en el que me encontraba a mitad de mi travesía, vi unas luces que se abalanzaban sobre mi a gran velocidad. El corazón se me aceleró al doble de su ritmo habitual; no tuve casi tiempo de reaccionar. Sonó un fuerte frenazo con un chirrido de ruedas y el bólido que instantes antes amenazaba con segar de golpe mi aún joven vida, paró milagrosamente a escasos centímetros de mi. Estaba petrificado. Por un rápido efecto de sublimación, mi pétreo e inmóvil estado sólido pasó a un activo estado gaseoso que encarnaba el espíritu de la indignación, de la venganza. La velocidad en cualquiera de esas calles estaba limitada a 40 km/h. Yo había, prudentemente, mirado con suficiente antelación como para prevenir la llegada que un coche que fuera a bastante más que esa velocidad; pero el energúmeno que había estado a punto de arrollarme, debía ir por lo menos al doble. Las luces que directamente me apuntaban, no me dejaban distinguir quien iba al volante. Me desplacé al costado del coche para zafarme de ellas y me dirigí hacía la ventanilla con el ánimo ciertamente alterado. Mientras en mi boca se iban formando una serie de improperios y recriminaciones. El cristal de la ventanilla del conductor se fue bajando y vi reemplazado el deslumbrante fulgor de las luces del coche, por otro aún más intenso. El fulgor de unos blancos y hermosos dientes dentro de una inmaculada sonrisa. Yo conocía esa sonrisa.

– Vaya, Diego, solo podías ser tu el que casi se precipita debajo de mis ruedas. Si es que siempre has tenido una facilidad tremenda para interrumpir en medio de mi camino. Ha ha ha ha.
– ¡Elena!. No podía ser nadie más. Típicamente tuyo lo de circular a cien por hora por medio de la ciudad. selva
– ¿A cien por hora?,…. quita, quita, que exagerado eres chico, si pareces más andaluz que yo, aunque hayas nacido en el norte. Si apenas había tenido tiempo para meter la tercera.

Miré con más calma el coche y reconocí el Peugeot gris pálido en el que tantas veces había montado como acompañante, tantas veces conducido y en el una parte tan importante de mi vida había transcurrido.

Hacía ya casi un año que habíamos acabado nuestra relación. Aún así, Elena había dejado un enorme hueco en mi corazón, que hasta entonces me había sido imposible volver a ocupar. Fueron cinco intensos años. Una maravillosa relación no exenta de altibajos, desacuerdos y discusiones, que acabaron minando la estructura sobre la que esta se sustentaba, y echando abajo finalmente todo lo que juntos habíamos construido. O más bien, a veces me daba la impresión, de que era yo el único que había construido algo. Ella simplemente tomaba de vez en cuando el ascensor para acceder al piso que se le antojaba. El caso es que me había sido muy difícil olvidarla, aunque, a tenor de la vida que yo había llevado desde entonces, era fácil deducir que dejarlo había sido la decisión más acertada. Todo eso no impidió que al volver a verla, los latidos de mi corazón diera un pequeño acelerón y me invadiera una enorme alegría. Nunca he sido fumador, pero supongo que con una mujer así te ocurre algo parecido a con el tabaco; cada calada que das sabes que te está quitando un poco de vida, pero si la dejas de dar te estás privando de la gracia que tiene la que te queda.

Estaba tan bonita y sonriente como siempre. Elena era una de las mujeres más hermosas que he conocido. Era más bien menuda, delgada, con una excelente figura, unos ojos almendrados que destilaban alegría en estado puro, una maravillosa sonrisa y un pelo largo y sedoso que parecía recién salido de un casting para un anuncio de champús. Daba gusto entrar con ella en los sitios o pasear por la calle rodeando su talle con mi brazo; la gente, para alimento de mi vanidad, se daba frecuentemente la vuelta para admirarla y envidiarme.

Recuerdo que cuando me la presentaron no me llamó especialmente la atención. No soy de los que se fijan inmediatamente en las mujeres espectaculares. Me gusta guapas; ¿y a quien no?,  pero las que lo son excesivamente me suelen abrumar. El caso es que después de compartir unas cuantas horas en una reunión de amigos comunes sin haber intercambiado prácticamente ni una sola palabra; tan solo las típicas frases de cortesía, ni tampoco una mirada, ni un gesto, accedí casualmente a volver a hablar con ella. Casi inmediatamente saltó el chispazo, pasamos el resto de la noche charlando por los codos. Y ya no hubo quien nos separara durante los siguientes cinco años. Así de sencillo; lo que se dice un auténtico flechazo.

Pero siendo, tal y como he dicho, una mujer físicamente espectacular, no era ese aspecto el que más destacaba cuando llegabas a conocerla. Tenía un trato exquisito, una alegría innata y una fuerza inmensa, tremendamente contagiosa. Una fuerza que luego, desgraciadamente, al irla conociendo más detalladamente, se transformaba en un carácter absolutamente indómito. Como ya dije, nadie fue capaz de separarnos, ya nos dimos mucha maña nosotros mismos con nuestros frecuentes encontronazos para evitarle a cualquiera ese trabajo. Y aquí estaba otra vez ella, un año después, irrumpiendo otra vez en mi vida por sorpresa, destrozando, o estando a punto de hacerlo, todo aquello que encontraba a su paso. Pero eso si; destrozando con muchísimo salero.

– Que sorpresa más agradable Elena. Hacía mucho tiempo que no te veía y, la verdad, aunque haya sido con grave riesgo de mi vida, me alegro mucho de tropezar contigo.
– Que bobo eres Diego. No me acordaba de lo mucho que me reía contigo. ¿Que es de esa vida que has estado a punto de perder a mis manos?. Ya no me llamas nunca y no sé absolutamente nada de ti.
– Pues ya ves, sin cambios realmente importantes, deambulando como siempre por calles tétricas como un muerto en vida. Ya sabes que desde que me robaste el alma me he vuelto una especie de zombi sin voluntad. Algún día has de acordarte de devolvermela. A ti ya no te sirve para nada, y aunque a mi tampoco, la hecho de menos de vez en cuando.
– Pues tendré que buscarla bien. Lo mismo se la han llevado los niños a su habitación y  la tienen por ahí entre los juguetes viejos y rotos.
Cuando conocí a Elena, acababa de divorciarse recientemente y tenía dos niños pequeños. Me llevaba estupendamente con ellos y sentí mucho no volver a verlos cuando ella y yo nos separamos.
– De todas maneras, no me andes reclamando efectos personales delante de mi amiga. Va a pensar que soy una vampira desalmada o algo por el estilo.
En ese momento me di cuenta de que, deslumbrado por la aparición de mi querida Elena, no había reparado en que en el asiento del copiloto, a su lado, estaba sentada otra chica. Era rubia, más o menos de su edad y me miraba esbozando una bonita sonrisa, entre tierna y algo burlona.
– Mira, esta es Mercedes, una amiga de Sevilla que ha venido a pasar unos días a Madrid. La estoy enseñando un poquito la zona de compras de la ciudad. Le he hablado frecuentemente de ti.
Nos saludamos con un gesto y unas bonitas palabras ya que a través de Elena, una ventanilla de coche y varios instrumentos de conducción por medio, los besos eran muy difíciles de dar. Ganas no me faltaron; de darla un beso y de darselo pasando por encima de Elena. La carne es débil, y las noches frías de invierno podían hacer que esa debilidad se trocara fácilmente en desfallecimiento.
En ese mismo momento nos enfocaron los faros de un coche que se situó tras el vehículo de Elena. Este taponaba la calle por completo, ya que era demasiado estrecha para que pudieran pasar dos coches al mismo tiempo.
– Bueno chico, parece que debo seguir mi camino. Después de ir a un par de tiendas, pensábamos tomar algo por esta zona, que está bastante animada. Si quieres podemos quedar en alguno de los cafés que hay por aquí en un par de horas y así charlamos un poco más.
– Claro, claro, me encantaría. Si queréis nos vemos sobre las 8 en el Café Central. Está justo a mitad de esta misma calle, 150 m. más arriba de donde estamos.
– Genial, lo conozco. No te desesperes si tardamos un poquito. Ya sabes que las compras para mi son algo muy serio. Exigen un montón de concentración, y a veces se me va el santo al cielo.
– Bueno, bueno,…. si no es en ti, al menos confiaré en el buen juicio y la puntualidad de Mercedes. No os retraséis mucho, me apetece mucho que charlemos un rato.
Un aviso del coche que estaba esperando en forma de ráfaga de luces dio por concluida la conversación. El coche de Elena partió más veloz aún de lo que había llegado, y yo me quedé durante un largo minuto parado al borde de la acera con una sonrisa en los labios.
Tras cinco años de accidentada, aunque innegablemente maravillosa relación, y después de pasar unos meses difíciles tras nuestro alejamiento, estaba viviendo, en muchos aspectos, uno de los mejores años de mi vida. Las cosas no me podían ir mejor; disfrutaba de una posición económica desahogada, tiempo libre para desarrollar y practicar mis aficiones y hobbies, una buena cantidad de amigos y un moderado éxito en mi comúnmente agitada vida sentimental. No podía pedir más. Como comenté antes, confieso que me costó bastante superar mi alejamiento de Elena. En los peores meses, cuando volvía la vista atrás, pensaba en las frecuentes discusiones, los sinsabores y el lastre que suponía salir con una persona que ya tiene un hijo y que no tiene previsto tener ninguno más. El recuerdo de esos obstáculos me daba ánimo para seguir adelante y fuerzas para blindar mi corazón y expulsar de él cualquier sentimiento de añoranza que pudiera tener. A todo esto hay que añadir, que la situación económica de Elena siempre fue bastante precaria. Ya se sabe que el dinero no da la felicidad, pero la falta de él se vuelve en muchos casos un lastre difícil de superar. Con un hijo que mantener y un empleo bastante mal pagado, yo tenía que correr siempre con el total de los gastos de nuestra vida en común. No es que me importara excesivamente, pero entonces mi situación económica, sin ser mala, era bastante ajustada y no podíamos permitirnos demasiadas alegrías. Tampoco nos privamos de nada, pero siempre con cierto comedimiento. ¡Que contradicción!. Ahora que la había vuelto a ver, todos esos malos recuerdos se borraban de un plumazo de mi cabeza a golpe de una sola de sus sonrisas. Sin querer admitirlo abiertamente, intentando engañarme a mi mismo, en el fondo pensaba que daría cualquier cosa por volver a tenerla. ¡Que lecciones tan interesantes nos enseña la vida, y que poco caso solemos hacer de ellas!.
Todos mis planes de volver pronto a casa fueron inmediatamente trastocados. Pensé en qué podría hacer hasta que transcurrieran las dos horas que quedaban para el encuentro con Elena y Mercedes. Seguramente se me harían interminables. Decidí ir yo también un poco de tiendas y me acerqué paseando a una librería especializada en libros de historia que conocía y que andando estaba únicamente a unos minutos de donde en ese momento me encontraba. Allí fueron pasando los minutos sin darme prácticamente cuenta, hasta que llegó el momento de la cita. Salí cargado con unos cuantos libros que añadir a mi ya atestada biblioteca y me dirigí al Café Central.
Cuando me senté en una de las mesas del local, obviamente aún no habían llegado las dos chicas. Pedí una cerveza y me puse tranquilamente a observar el lugar y a los parroquianos. El café no estaba aún demasiado concurrido. Era una hora intermedia en la que prácticamente no quedaba nadie de la sobremesa y en la que aún no habían llegado los clientes que solían comenzar en él su periplo nocturno. El Café Central es uno de esos típicos establecimientos que son muy habituales en Madrid, a mitad de camino entre café y local de tertulia y copas tranquilas. Un lugar en el que la gente acostumbra a tomar la primera copa de la noche relajadamente sentado, alejado aún de la música estridente y el bullicio que imposibilita entablar una conversación fluida.
Había varias mesas ocupadas, casi todas por parejas o grupos reducidos, y como quedaban  aún varias vacías, escogí una que estaba cerca de la cristalera para poder ver llegar a Elena y a Mercedes con antelación. Enseguida acudió una camarera y pedí una cerveza. No soy muy aficionado a ella, pero después de la caminata me encontraba sediento y no soy nada partidario de refrescos y otros similares. Es posible que la expectativa de volver a ver a Elena y la expectativa de charlar relajadamente con ella hubiera contribuido a la sequedad de mi boca. Desde luego, el hecho de que acudiera con Mercedes no era la situación idónea para un reencuentro, pero estaba tan contento que no me hubiera importado haberla encontrado acompañada de toda una compañía de violinistas húngaros borrachos. Por otra parte, la presencia de Mercedes haría de catalizador. No estaba muy seguro de poder contener del todo mis emociones y su compañía atemperaría un poco las cosas.
La camarera llegó con la cerveza y eso me sustrajo momentáneamente de mis pensamientos. Dí un largo trago hasta la mitad de su contenido, observando la espalda de la camarera mientras volvía hacía la barra. Tenía una bonita figura y con su andar armonioso, parecía que fluía entre las mesas. Sentí no haberla mirado más detenidamente cuando me había atendido; apenas recordaba su rostro.

Posiblemente me habría servido para rechazar durante algunos minutos más la imagen de Elena que asaltaba constantemente el reducto donde habitan mis ensoñaciones. Una y otra vez me mortificaba el recuerdo del olor de su pelo, del roce de sus labios con los míos, de mis manos buscando las suyas, buscando sus formas y anhelando que ella encontrara las mías. Recordaba su figura tendida a mi lado, encima mío, debajo de mi, pegada a mi, buscando mi cuerpo el suyo, el suyo el mío, abrazandome, dejándome rodear por ella, abrazandola, envolviendola en mi, empapandome de ella, inundándola de mi.

Forcé a mi mente a que se apartara de semejante suplicio. La lucha era inútil en solitario. Soy demasiado débil. Necesitaba un aliado. Miré a mi alrededor y lo encontré en la distracción de analizar a la gente, de pensar quien era cada cual, que conversaciones habría entre ellos, que relación les unía. En suma; fabular, sirviendome de aquellos actores de reparto con los que habían acertado a llenar ese bar donde se estaba gestando mi historia. Donde estaba transcurriendo mi vida.
Recorrí las mesas con la vista. Busqué algo que me atrajera, que destacara y encendiera el chispazo de mi imaginación. Busqué una y otra vez sin encontrar nada que me cautivara. ¿Que era esto?. ¿Acaso otra jugarreta de mi mente para evitar la distracción y obligarme a volver otra vez a la imagen de Elena?. Me forcé a mirar de nuevo, a repasar los grupos. Paré en el único grupo grande, bullanguero que había en la sala. Demasiado fácil, demasiado previsibles. 7 ú 8 hombres jóvenes vestidos de traje, tomando combinados y hablando y riendo ruidosamente. ¡Demasiado fácil!. El clásico grupo de ejecutivos de una empresa de auditoría o algo por el estilo que estaban tomando una copa después del trabajo, hablando de sus supuestas conquistas amatorias y laborales. Seguramente no distinguirían cual de las dos les excitaba más. Demasiado fácil. Otro intento de mi mente por hacerme perder el interés y volver a lo suyo. A su interés. ¿Pero?,… ¿no era su interés el mismo que el mío?. ¿A quien pretendía engañar?. ¿No sería infinitamente más fácil rendirme a la realidad e inundar todas mis células de Elena, toda mi carne, toda mi sangre?. Si en algo me apreciaba, si tuviera una pizca de sentido común, me levantaría de la mesa y saldría de aquí sin tardar ni un minuto. Huiría de ella. Correría a mi encuentro. A reunirme conmigo mismo. Pero ni tan siquiera para eso tenía valor. No sería posible enfrentarme con mi frustración por no haberla vuelto a ver; con la remota esperanza que albergaba de volver a estar con ella. Una esperanza que mi razón se negaba a reconocer que pudiera existir, pero que mi corazón tenía agazapada en el más recóndito de sus recovecos. Como quien tiene un as escondido en la manga esperando para sacarlo en el momento culminante de la partida. Solo que esa partida, en el fondo, la estaba jugando contra mi mismo. Si yo ganaba, yo perdía, y si perdía así mismo ganaba.
Volví de nuevo mi mirada hacía las mesas. Comencé mi reconocimiento a partir del bullicioso grupo donde lo había interrumpido antes y me dispuse a seguir analizando otras mesas. Cuando fijé mi atención en ellos, vi que uno de sus integrantes miraba fijamente hacía un punto, decía algo acompañado con un gesto de su cabeza al resto de sus compañeros y, todos a un tiempo, miraban en esa misma dirección. Yo mismo, arrastrado por la curiosidad, me volví hacía donde sus miradas apuntaban y me encontré encarando la puerta, por la que en esos momentos entraban Elena y Mercedes.
Su entrada fue deslumbrante.
Una vez que ya no estaban rodeadas por la carrocería del coche de Elena; que estaban de pié y sin enmarcar por lo poco que puede percibirse con una luna mortecina a través de la ventanilla de un coche, sus propias carrocerías resultaban espectaculares.
Aunque ya no fuera mía, ni yo suyo, volví a sentir el orgullo que me inundaba cuando entraba con ella en cualquier local y todas las miradas masculinas se volvían hacía nosotros. Que simple y estúpida es a veces la vanidad masculina. Despertar la envidia y la admiración de otros hombres es una de los mayores alimentos de nuestro ego. Volvemos al macho primitivo, al jefe de la manada, del harén, que andaba exhibiendo sus hembras delante de otros machos menos afortunados. Cada paso que daban hacía donde estaba sentado, iba saboreando por adelantado el placer que sentiría cuando todos se dieran cuenta de que yo era el destino de la atención de esas dos bellezas. No pude evitarlo, aunque ya me habían visto nada más entrar, decidí levantar el brazo y hacerlas una seña para adelantar el momento del triunfo. Que todos supieran por descontado que yo era el afortunado. Por el rabillo del ojo vi que las miradas del grupo de ejecutivos se volvían hacía mi. Les había fastidiado el plan. Se acababan de dar cuenta de que no estaban solas. Ya no podrían retarse y darse ánimos para ver quien era el que hacía la machada de entrar a esos dos bombones.
Mercedes era un poco más alta que Elena. Aunque no tan guapa como ella, tenía una magnífica figura, con una imponente melena rubia y unos ojos azules enmarcados por una tez suavemente bronceada; era una mujer espectacular. Las dos juntas formaban un bellísimo dúo.
Se sentaron a mi lado dándome los correspondientes besos que anteriormente me había negado la interposición de la carrocería del coche entre nosotros.
– Bueno, pues ya estamos aquí. Que bien te veo chiquillo. ¿Te has cortado el pelo, verdad?
– Pues si, la verdad es que ya empezaban a negarme el acceso en algunos lugares y decidí ceder a la presión y adecentar un poco mi imagen. Además esa pose de desgreñado con aspecto bohemio la tenía excesivamente trabajada. Había empezado a perder efecto entre las chicas y esto es como las cadenas de televisión; en cuanto empieza a bajar la audiencia, el share como dicen los entendidos, hay que pensar enseguida nuevas fórmulas para aumentarlo.
– No creo que tu necesites fórmulas muy novedosas, siempre te ha ido bastante bien sin necesidad de hacer excesivos esfuerzos.
– Pues los hago, no creas que no, aunque en linea con la poca constancia que siempre empleo en todo, me va por rachas. Un día me dedico a ello en cuerpo y alma, y al día siguiente dejo todo lo que había construido el día anterior y me encapricho con algo diferente. Y así constantemente.
– No hace falta que me lo cuentes, lo he sufrido durante un montón de años.
– No seas injusta, contigo las cosas eran diferentes. Cuando algo me interesa de verdad, me dedico a ello en cuerpo y alma, hasta el último suspiro. Y tu lo sabes, lo nuestro no fracasó por falta de intensidad y dedicación. Es posible que fuera por lo contrario, por exceso.
– Perdonad chicos – intervino Mercedes – pero creo que esa conversación la deberíais tener cuando estéis los dos a solas. No quiero sentirme como el convidado de piedra abandonado en una esquina del salón.
– Tienes toda la razón, espero que nos disculpes. Hace mucho que no nos veíamos y teníamos un montón de cosas que decirnos. Conversaciones pendientes que es posible que nunca llevemos a cabo pero que si un día las conseguimos tener, deberían de ser en privado.
– Si, tiene razón Diego, discúlpanos Mercedes. Ya le cogeré yo un día a este por banda y le pondré claras cuatro cosas. Ahora hablemos de otros temas más triviales y divertidos.
– Bueno, pero ante todo, decidme lo que queréis tomar. Voy a llamar a la camarera y así regamos las conversaciones triviales con un poco de vino para darles un toque más alegre.
– Genial -dijo Elena- yo quiero una copa de Rioja.
– Y yo una cerveza – dijo a su vez Mercedes-
Busqué a la camarera con la vista por el local mientras hacía un gesto con la mano para llamarla. Mientras barría con la mirada toda la sala en busca de mi objetivo, volví a recabar en el grupo de jóvenes ejecutivos de la mesa cercana. Seguían mirando de vez en cuando hacía nuestra mesa, mientras parecía que uno de ellos, que debía ser el gallito del grupo, llevaba la voz cantante y les explicaba algo que ellos seguían muy atentamente, entre asombrados y divertidos. Si antes, en mi acceso de vanidad, les había mirado sobrado y altivo, orgulloso de que me envidiaran, ahora empezaban a irritarme. Una vez pasado el divertimento que me produjo su primera impresión, empezaban a aflorar en mi los sentimientos del macho alfa que defiende su harán con uñas y dientes y recela del grupo de machos jóvenes que andan por la sabana buscando formarse su propio clan. Ni yo era el macho alfa, ni ellas mi harén, ni esto era la sabana, pero hay veces en las que poco se puede hacer para solapar los instintos primitivos que surgen del fondo del pitecántropo que tenemos dentro.
Por fin la camarera atendió a mi llamada y, una vez surtidos de una buena provisión de alcoholes fermentados, me olvidé de la dura competencia que imponen las leyes de la sabana.
La conversación siguió por derroteros intranscendentales sin que la sangre llegara en ningún momento a derramarse. Las pequeñas rencillas que pudiera haber entre Elena y yo no llegaron en ningún momento a salir de nuevo al tapete del juego de nuestra relación. Al fin y al cabo, la jugada decisiva se había decidido hacía mucho tiempo, los dos habíamos perdido y ya no había nada que decidir.
A pesar de estar completamente embebido por la conversación, y sobre todo por la presencia de Elena, yo seguía disimuladamente por el rabillo del ojo, como en mi suele ser costumbre, la mayor parte de los acontecimientos que sucedían a mi alrededor. A veces me identifico con esos personajes que salen en las películas policiacas, que siempre están atentos a cualquier cosa  que sucede en el lugar donde se hallan y que les ayuda a adelantarse a cualquier movimiento previo de los malos. Saben cuando sacará el arma para atracar la tienda de licores y se adelantan a sus intenciones con un buen gancho de izquierda. Con ese sentido de la atención en constante alerta, pude darme cuenta de que el gallito del grupo de jóvenes ejecutivos, se levantaba de su asiento y se dirigía hacia donde nosotros estábamos. Su dirección estaba clara, avanzaba decididamente hacía nuestra mesa, mientras el resto del grupo le miraba expectante. Todas las alarmas se despertaron. Mis sentidos se pusieron en alerta. Seguía la progresión de la amenaza que se cernía sobre nosotros milímetro a milímetro. Estaba calibrando rápidamente la situación y decidiendo cual sería mi reacción más acertada. Posiblemente, envalentonado por las copas y los comentarios de sus amigos, se había decidido a intentar entablar conversación con nosotros o a decir alguna tontería que impresionara a las chicas. Si esa era efectivamente su intención, no sabía muy bien como debía reaccionar. Obviamente me parecía humillante permitir que intentara ligar con Elena y Mercedes delante de mis propias narices. Si reaccionaba airadamente podría ponerme en ridículo. Al fin y al cabo no tenía ninguna relación sentimental con ninguna de las dos, y por lo tanto ningún teórico derecho a ofenderme o a defender a mi chica. Ellas eran mayorcitas y podían elegir lo que hacer; mandarle directamente a la mierda o seguirle la corriente y tontear con él. Por otra parte él no sabía nada de mi relación con ellas y me parecía una grosería el que las intentara camelar delante de mis propias narices. También era posible que viniera a curiosear. Dos chicas y un chico; era muy improbable que formáramos un triángulo amoroso, por lo que obviamente el jugaba con la posibilidad de que una de ellas estuviera libre. El caso es que en el tiempo que duraban mis disquisiciones mentales, el ya se había plantado al lado nuestro. Decidí que fueran ellas las que marcaran el camino; si es que él se dirigía efectivamente a hablar con ellas y no conmigo. Luego ya metería yo baza si las cosas se escapaban de las manos. Lo mejor era utilizar la ironía e intentar bacilarle tomarle un poco el pelo.
Llegó a nuestro lado y se nos quedó mirando durante unos breves instantes. Pareció vacilar, dudar, volvió la vista atrás y miró hacía su grupo de amigos. Todos ellos le miraban a su vez expectantes, y, curiosamente, por primera vez en toda la noche el grupo estaba en completo silencio. La retirada era imposible, fuera lo que fuera a hacer o dijera lo que dijera, ya no podía recular. Las miradas de sus amigos le empujaban y cualquier paso atrás podría provocar que la autoridad que ejercía sobre el grupo de machos jóvenes e impetuosos fuera cuestionada. Estaba en juego su papel como líder de la manada. Dos estupendas hembras acompañadas por un viejo y desdentado macho; eso no era obstáculo alguno para un líder audaz y decidido. Yo me había quedado un poco a la expectativa, sin aparentar darle demasiada importancia e intentando no fijar mi atención en el rival. Eso sería darle importancia, magnificarle. Intentaba que las chicas no notaran mi estado defensivo, dando una apariencia de desinterés y sangre fría. De hecho, las chicas aparentemente no habían notado nada. Ni tan siquiera habían mirado una sola vez hacía el individuo que llevaba unos pocos segundos plantado frente a nosotros. Yo ya soy perro viejo y sabía que estaban perfectamente enteradas de su presencia, pero su instintivo comportamiento femenino les dictaba unas serie de pautas de actuación entre las que se incluyen; no mostrar aparentemente demasiado interés ante las exhibiciones de plumas de colores, crestas y pelos erizados o cualquiera de los grandilocuentes símbolos que los machos utilizamos para impresionar a las chicas durante el cortejo. Si el tipo tenía la sangre aguada o escasa experiencia, ante esta simple demostración de su menosprecio se daría la vuelta y volvería por donde había venido con el rabo entre las piernas. Pero no, el cabrito demostró tener al menos algo de templanza.
– Perdonad que os interrumpa. Llevo un rato fijandome en vosotros. Estoy ahí atrás, en esa mesa con un grupo de amigos y me ha parecido que te conocía; dijo mientras miraba a Elena.
– No, me parece que no te conozco de nada. No me suena tu cara -comentó a su vez Elena-.
– ¿Estás segura?. Yo juraría que nos conocemos. Creo que nos hemos visto hace un par de semanas . ¿No te acuerdas?
– No, te digo que no te recuerdo. Tengo bastante buena memoria y no me suena para nada tu cara.
Estás últimas palabras las dijo Elena con un tono frío, gélido quizás, un soplo de aíre polar recorrió la mesa. Yo, al darme cuenta, intervine en la conversación de forma educada pero cortante.
– Oye, perdona, no insistas, ya te ha dicho que no te conoce de nada. Verás, estamos aquí charlando los tres tranquilamente, porque hace mucho que no nos veíamos y nos gustaría seguir haciéndolo sin que nos interrumpieran.
– No te preocupes Diego, ya se marcha. – Dijo Elena-
– Si, perdonad, me habré equivocado. Siento haber molestado.
Con el gesto contrariado se dio la vuelta y lentamente, con aire ausente y pensativo se dirigió hacía la mesa que compartía con su grupo de amigos. Estos le miraban en silencio, sin pestañear, como no dando crédito a la súbita vuelta de su adalid con las manos vacías.
Permanecimos unos momentos en silencio. Mercedes interrumpió el vuelo del ángel con un comentario intrascendente y volvimos a charlar de forma animada. Elena, aunque sonreía constantemente y participaba más que ninguno en la conversación, parecía estar tensa. Sus sonrisas daban la impresión de ser algo forzadas. Yo, disimuladamente, seguía observando a mi teórico rival en el amor,… de nadie. Pero por si las moscas, lo vigilaba. Sus amigos lo habían recibido con un aluvión de preguntas. El estaba reclinado sobre la mesa, sin haber tomado aún asiento; como si se resignara a aceptar su derrota. Respondía a sus compañeros y de vez en cuando volvía la cabeza para mirar disimuladamente hacía nuestra mesa. La situación me había dejado algo desconcertado. Pensé que al llegar soltaría la típica gracia o algún comentario ocurrente para romper el hielo. Yo me había preparado para ello y me encontraba dispuesto a devolverle tontería tras tontería hasta hacerlo recular. Su entrada había sido completamente diferente, pero no por ello extraña. Lo que de verdad me había dejado descolocado era la actitud fría y cortante de Elena; su turbación bajo un aparente dominio de si misma. Elena tenía un enorme sentido del humor y una plena consciencia del efecto que su belleza y desparpajo causaba entre los hombres. Nunca la había visto ser excesivamente cruel, todo lo contrario, daba conversación a todo el mundo y despachaba a los buitres y ligones con mucha gracia y estilo. Prácticamente siempre tenía un comentario gracioso y un requiebro en la boca que le permitía torear a los hombres con una enorme soltura, sin dar casi nunca pases en falso. Su actitud de hace un momento era para mi toda una novedad.
Mientras estaba cavilando acerca de su comportamiento, observe de nuevo movimiento entre las filas enemigas. Nuestro sujeto había dejado atrás sus dudas acerca de si debía o no sentarse, y volvía a la carga dirigiendo sus pasos de nuevo hacía nuestra mesa. Esto ya estaba empezando a fastidiarme. Decidí  levantarme y adelantar mis líneas; recibir la carga en terreno neutral, lejos de las chicas para que la situación fuera lo menos desagradable posible para ellas. Les dije que me disculparan un momento y me levanté. Fui hacía el y lo intercepté a unos metros de la mesa.
– Oye, ¿no crees que ya te estás pasando?. Mira, es mejor que te des la vuelta y dejes de molestarnos. No quiero ninguna bronca, pero si sigues así es posible que la tengamos.
– Mira tío, yo tampoco quiero montar ningún jaleo. Solo quiero hablar un momento con tu amiga. Solo unos instantes. Es que estoy seguro de que la conozco y ella también a mi.
– Todo eso me importa una mierda -comenté cambiando algo mi tono de voz para que sonara amenazante, pero procurando no subir el volumen para que las chicas no alcanzaran a oirme-, no te voy a dejar que nos sigas dando la brasa…
En esto una mano me cogió del brazo por la espalda. Volví la cabeza; era Elena.
– Espera un momento Diego, no te preocupes, déjame hablar con él un momento. Solo será un momento.
– ¿Pero?, no tienes porqué hacerlo, esto lo arreglo yo en dos minutos.
– No te preocupes, confía en mi, no pasa nada. En un minuto estoy con vosotros otra vez en la mesa. Ve a sentarte. Hazle un poco de caso a Mercedes que está muy sola la pobre.
Absolutamente desconcertado, como si estuviera noqueado, me dirigí hacía nuestra mesa. Cuando me senté miré a Mercedes sin decir nada. Ella también mostraba estar perdida. Permanecimos mudos todo el rato mientras mirábamos a Elena hablar en la lejanía con el individuo.
El, por su manera de hablar y los gestos que hacía con las manos, parecía que intentaba hacerle comprender algo, convencerla de alguna cosa. Ella negaba con la cabeza y decía frases cortas y escuetas. No alcanzaba a oír nada. A pesar de que la distancia entre ellos y nosotros no era demasiado grande, el ruido del local ahogaba el sonido de sus voces. Su grupo de amigos también seguía la escena con evidente interés. En un momento determinado pareció que Elena daba la conversación por zanjada. Se dio la vuelta y volvió hacia la mesa. El quedó unos brevísimos instantes como azorado, sin reaccionar, y, de pronto, fue rápidamente tras Elena. Mercedes y yo les vimos acercarse, él la paró a un metro escaso de donde estábamos y se echo la mano al bolsillo interior de la americana mientras hablaba atropelladamente con ella. Estábamos petrificados. Al estar los dos algo más cerca, alcanzamos a oír algunos retazos de la conversación.
– Te he dicho que no, por favor, no te pongas pesado. Te ruego que me dejes estar tranquila con mis amigos.
– Pero, pero… no puedes negarte. Es muy importante para mi.
– Te repito que no. Haz el favor de marcharte y dejarme en paz.
Ella se sentó y le dio la espalda. Mercedes y yo callábamos. No sabía muy bien que hacer. La situación era tensa, pero sin atisbo alguno de violencia. Ella le rechazaba tajantemente, pero sin que aparentara estar furiosa; simplemente cansada y molesta. Yo no podía intervenir ya que anteriormente Elena me había dejado muy claro que la situación era únicamente de su incumbencia. Si decía o hacía algo podía empeorar las cosas.
Finalmente el se dio la vuelta y se marchó. El ambiente en la mesa era muy denso. Casi podía ver nuestras respiraciones y nuestras miradas huidizas mientras ninguno sabía muy bien como comenzar a hablar; que es lo que deberíamos decir. Supongo que a Mercedes se le planteaban los mismos interrogantes que a mi. Miraba de soslayo a Elena como si no la conociera. Yo ni tan siquiera me daba cuenta de a donde miraba.
De pronto, a mitad de camino hacía su mesa, el individuo se dio la vuelta. Sin que ninguno de los tres tuviera tiempo de reaccionar llegó hasta nosotros, se inclinó hacía Elena y le dijo en un tono suave pero enfatizando las palabras.
– Mira, yo no me voy a marchar de aquí sin ti. Te ofrezco  -y en su mano vimos una gran cantidad de billetes-  diez veces más de lo que te pagué el otro día.
Elena miró asombrada la mano que sostenía esa enorme cantidad de dinero. Se quedó un rato en silencio, con la mirada baja; volvió a mirar la mano, luego su rostro, y con ojos tristes, acuosos, a un paso del llanto, miró primero a Mercedes brevemente, luego a mi, y me dijo;
– Lo siento Diego, no puedo hacer nada por evitarlo.
Nunca mas volví a saber nada de Elena.
Aún estoy esperando saber algo más acerca de mi mismo.

Domingo 14 de noviembre de 2008

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