Cierro los ojos. El dolor es muy fuerte. No estoy segura de querer pedir otro calmante. Me da la impresión de que si me atiborran con ellos podría llegar a engancharme o algo por el estilo. Me río al pensar que muchos de mis amigos me decían, antes del accidente,  que debería de tomar algunos de esos calmantes para bajar un poco mi acelerado ritmo de vida. Que soy un torbellino. Quien pudiera dejarse llevar en mi actual situación por ese torbellino. No parar, moverme, saltar, girar, acabar con mis pies en la cabeza y la cabeza envuelta en un eterno mareo. Suena algo ridículo pensar en eso cuando se tiene todo el cuerpo machacado, pero es obvio que mi cabeza tiene demasiado tiempo para pensar, demasiado tiempo para darle vueltas a todo. Solo vueltas en la cabeza. Mi cuerpo estará  bastante tiempo sin poder darlas. Por suerte la modorra llega con mucha frecuencia. Las operaciones, los calmantes y la falta de alimento líquido, unida a la ansiedad que me ha provocado esta situación me han dejado exhausta. Mejor no pensar.

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Aparte del dolor, lo peor es la inmovilidad. Estar tantas horas en la misma posición te adormece los músculos. El agarrotamiento me produce un enorme y constante malestar que durante ciertos momentos es desesperante. Se lo digo a alguna de las enfermeras que se turnan para atenderme y simplemente esbozan unas sonrisas y se excusan.  Todas ellas se han portado fenomenal conmigo, son encantadoras, comprendo que no pueden hacer nada, pero a alguien me tengo que quejar. No puedo descargar mi frustración en mi familia o en mis amigos. Suficiente susto les he dado a los pobres. A veces me da la impresión de que con todo esto lo han pasado mucho peor que yo. De MI dolor soy consciente, sino responsable y muy a menudo incapaz de aguantarlo, al menos muy segura de donde empieza y donde acaba el acuerdo que él y yo hemos firmado. En mi situación no tuve más remedio que resignarme y firmarlo. Del dolor de mis seres queridos, de SU dolor no conozco gran cosa. No tengo forma de saber con que hondura cala en sus almas. Cómo de fuerte les golpea. Me inquieta y me asusta no poder medir, como en mi caso, la cantidad de sufrimiento que puede aguantar antes de que se colapsen. De que su aguante se desborde.
Por enésima vez pasó la lengua por entre mis dientes. Sigo con la punta las dos encías vacías, el perfil de los dientes partidos. El tacto de las encías es blando, esponjoso, de carne virginal, nunca antes sometida a una exploración táctil, nunca hollada. El contacto me produce un ligero dolor, pero al mismo tiempo transmite a mi lengua una sensación placentera. Es una violación en toda regla, pero al mismo tiempo en toda su ternura. No dejo ni un momento de hacerlo. A pesar de lo horrorosa que me siento, de que no puedo, ni tengo ganas de mirarme al espejo, me genera una curiosa sensación de bienestar. Al hacerlo me vienen a la cabeza las olvidadas sensaciones de cuando perdí mis dientes de leche. El mismo vacío, la misma cavidad carnosa esperando ser cerrada por la dureza de su eterno amante. De ese amante con el que debía haber estado el resto de su vida y del que un golpe infortunado le ha separado. ¡Vaya!, ahora me he dado cuenta de que tengo algunas cuentas pendientes con el Ratoncito Pérez. El sabe que nunca dejé de creer en él. Nunca dejé de creer en los sueños, en los seres mágicos, en las leyendas y en los milagros. Sobre todo en los milagros. Si no creyera en ellos, es probable que no estuviera ahora viva. Cuando Rafa me enseñó las fotos de cómo había quedado mi moto, de cómo estaba el frontal del autobús que me embistió, me di cuenta que aún había lugar en mi vida para muchos milagros. Para muchas visitas del Ratoncito Pérez.
Un milagro dicen los médicos que debería producirse para que pueda andar antes de un año. Ellos no saben muchas cosas que yo sé. Miran detenidamente radiografías, buscan indicadores positivos escritos en papeles que reflejan resultados de análisis de sangre, palpan ceñudos mi magullado y atropellado cuerpo y emiten opiniones mientras hablan entre ellos en susurros y con gesto grave. Son los mejores en su campo. No dudo ni por un momento que lo harán estupendamente y de que estoy en inmejorables manos. Pero siguen sin saber lo que yo sé. Siguen sin saber que aún me quedan muchos milagros por vivir. Siguen sin saber, pero pronto lo sabrán, que mi fuerza y mi ilusión para poder volver a andar lo más pronto posible, para poder volver a ser un torbellino, están más allá de su estricta comprensión científica. De sus números, arcanos e indicadores médicos. ¡Que sorpresa se van a llevar!.
Aún así, a veces me invade el desánimo. Me desespero. Las lágrimas pugnan por  salir de mis ojos. Me resisto. Quedan temblando en mis párpados sin atreverse a descender por mis mejillas, como si pensaran que ese mínimo contacto con la piel me causaría un dolor indescriptible. Un dolor añadido a los dolores con los que me encontré esa infortunada mañana de primavera. No sé si es la pura rabia que las provoca la misma que las evita salir. La rabia de la impotencia. La rabia de recordar como toda mi vida se trastocó en unas décimas de segundos. Como se interrumpió todo un día soleado de primavera en el que el mismo sol se me ocultó, aunque, para mi fortuna, siguió luciendo para iluminar el camino que llevó a mi lado a mi querido Rafa.
Intento mover mi cuerpo, mandarle órdenes desde el cerebro. Parece increíble que algo que siempre fue mecánico, un simple acto reflejo, sea ahora una labor titánica. Me concentro en cada uno de mis miembros doloridos. Aprieto mi mandíbula desprovista de gran parte de sus fieras armas. Cierro los ojos para aumentar mi capacidad de concentración….
… abro los ojos. Con que intensidad y realismo se viven a veces los recuerdos. En unos pocos segundos pueden sucederse, en forma de impresiones, de vertiginosas diapositivas que pasan a toda velocidad por tu cabeza, una enorme cantidad de momentos ya vividos, de sucesos ya pasados. A mis pies se abre un trozo de mar encrespado por la blanca espuma de las olas. Al acabar de dar la vuelta surge en mi ángulo de visión la tabla; mis pies enfundados en ella. Instintivamente flexiono un poco más las rodillas para amortiguar el impacto de la tabla contra el agua. Tenso mis músculos y aprieto la barra de control. El giro en el aire me ha salido perfecto. Mientras salgo de nuevo a toda velocidad impulsada por el fuerte viento, alcanzó a ver, durante unos instantes, a todos mis amigos en la orilla de la playa dando vítores y haciendo gestos triunfales celebrando mi primer looping. Mi perfecto looping. No puedo hacer ningún gesto, mandarles ninguna señal. Simplemente, les dedico la mejor de mis sonrisas.

Todos se miraron entre sí durante unos instantes. Lope intercambió así mismo una mirada de sorpresa con Rafa.
¿Te has fijado en eso?
Si, es curioso, llevamos dos días sin una gota de lluvia pero con el cielo completamente encapotado. Aún así, hace unos instantes, mientras observábamos como Irene acababa de hacer el looping, me ha parecido ver brillar un rayo de sol.

Ya te queda muy poco
Dedicado a una muy buena amiga…