Cruzó el umbral de su casa tras treinta años de olvido, treinta años de un desencuentro, que arrancó de su vida un tiempo que había transcurrido eterno, que no se podía cuantificar con un simple número, fuera seguido de los ceros que fuera.

Recordaba con cuánto esmero se había esforzado su madre, en mantener impoluto el porche de entrada del que había sido su hogar, cubierto ahora de lodo y escombros, siempre atenta a que, cuando volvían de jugar en el mar, se quitaran los zapatos llenos de barro. Menos mal que no podía ver a que había quedado reducido el motivo de sus desvelos.

Antes de entrar volvió la vista atrás, y contempló las calles por las que había llegado al estragado testigo de su infancia. Apenas podía reconocerlas, tal era la devastación.

Siempre había relacionado el agua con sus juegos, con los momentos de diversión que por las tardes, y durante los fines de semana, seguían al tedio de los estudios en el colegio municipal y, sobre todo, a la llegada de los turistas que animaban la Villa, durante la temporada estival. Nunca al dolor y la tragedia que se extendía ante sus ojos, nunca al cataclismo que el agua desencadenó ese día, a comienzos de un año que había pasado a estar en blanco en su almanaque, después de teñirlo de negro.

A Dios gracias la inundación, aunque inexorable, fue paulatina. Al principio trasladaron los muebles y enseres del piso de abajo, a la planta superior de la casa. Algunos, que pesaban demasiado, los dejaron en su sitio, confiando en la promesa de las autoridades de que las aguas volverían en breve a su cauce.

Lo del colmado de su padre fue más complicado. Además de tener una sola planta, albergaba un montón de género, que era más laborioso de trasladar y, por descontado, imposible de comercializar en esas condiciones. También es cierto que los clientes prácticamente habían desaparecido.

Ellos seguían haciendo la vida en el piso superior de la casa, porque eran de los pocos habitantes permanentes de la Villa, y carecían de otra vivienda en el exterior.

Desplazándose, al principio calzados con botas de agua, y ayudándose mas adelante con un pequeño bote de goma, su día a día había cambiado de forma radical, pero se habían adaptado razonablemente.

Lo que más le gustó fue la suspensión de las clases y el ambiente de película que se había instaurado en la Villa. Como de esas en las que se produce un súbito cataclismo, y la humanidad tiene que sobrevivir en condiciones precarias sin los servicios mínimos a los que está acostumbrada. Para ellos era una diversión, para sus padres y los pocos vecinos que aún aguantaban, era una pesadilla.

Bien pronto, pocos días después de que las aguas hubieran superado los diques de contención, comenzaron los robos y saqueos. Al principio se producían exclusivamente por la noche, al amparo que brindan las sombras. Paulatinamente, los saqueadores, ante la indiferencia de las autoridades, y a la vista de lo mucho que había por depredar, se fueron haciendo más osados y comenzaron a actuar a pleno día. Eran grupos numerosos, por lo que su padre y los demás vecinos, no se atrevían a enfrentarlos. Por suerte, nunca intentaban entrar en las casas habitadas. Era tanto lo que había por robar, tanta la cosecha, que no merecía la pena arriesgarse a asaltar una propiedad en la que aún viviera alguien.

El agua pronto superó los dos metros de altura y las cosas se empezaron a complicar. Sus padres se lamentaban de no haber evacuado los enseres más pesados, cuando los camiones aún podían llegar hasta la casa. Poco a poco, con el auxilio del bote de madera de unos vecinos, fueron sacando las cosas que eran prescindibles, que no tenían que utilizar en su día a día.

Llegó un momento, en él que para acceder al exterior, tenían que salir por las ventanas y los balcones del piso de arriba. Entonces, eran ya de los pocos que resistían, que aún confiaban en que las cosas se iban a arreglar. Finalmente, tomaron la decisión de enviarles al interior, a casa de los abuelos. Era el principio de la claudicación, el anuncio de la victoria de las aguas.

Pocos días después, sus padres, derrotados, superados por algo cuya magnitud nunca habían llegado realmente a comprender, aparecieron por casa de los abuelos. Retornaron al mundo antiguo que un día dejaron atrás, para embarcarse en un nuevo proyecto que, como en una burla del destino, ahora abandonaban embarcados.

Su memoria siempre se negó a dedicar demasiado espacio a las penurias y sufrimientos vividos durante los años posteriores al abandono. Lo superaron, se recuperaron, prosperaron, y en su recuerdo, la Villa quedó como el perdido edén de sus mejores días. Un edén que encerraba la promesa de un retorno a los tiempos de vino y rosas, a la época en los que el agua era su aliada, su compañera, no el motivo de sus desvelos.

Ahora, ahí delante, plantada frente a lo que un día fue su hogar, se dio cuenta de que, aunque le habría sido imposible evitarlo, había cometido un error al decidir volver, cuando le dijeron que parte de las aguas se habían retirado, y ciertas zonas de la Villa estaban de nuevo a la vista. Hubiera preferido seguir soñando con el edén perdido, antes que hallar ese montón de ruinas.

En el umbral del que un día fue su hogar, se dio la vuelta, cogió a su marido de la mano, y volvieron caminando hasta el coche, atravesando las desoladas calles.

Cerro la puerta, y pronunció las primeras palabras desde el momento en el que habían llegado a la Villa;

– Por favor, llévame a casa.