Hace unos días estaba en una imprenta con las que trabajo asiduamente. Ahí me encontré con un muchacho que hacía unos años había estado trabajando en ella de chico para todo o traidor, como comúnmente se conoce al personal sin especializar que desempeña en las empresas todo tipo de pequeñas tareas. Un tío majo con el que siempre tuve una buena relación y con el que solía hablar y bromear a menudo. El chaval, que entonces tendría unos 22 años, era el típico joven de esa edad que, sin demasiada formación y originario de un barrio humilde, no tenía excesivas inquietudes y sus sueños se remitían a echar un polvo de vez en cuando, mamarse los fin de semana con los amigos y comprarse una buena moto o un coche que luego tunearía. Sueños que, ahora que lo pienso, coinciden en gran parte con los que yo tengo. Los lunes me contaba sus correrías de fin de semana, los martes y los miércoles sus proyectos para el siguiente y los jueves entraba en efervescencia pensando en que al día siguiente ya sería viernes. Tenía esa gracia cheli típica de Madrid, algo achispada, que al macarra madrileño le aporta cierto aire de picardía graciosa y en ocasiones le hace más soportable que al de otros pagos.
Había dejado la empresa hacía ya unos tres años, para trabajar en una compañía de instalación de canalones. Un trabajo de altura y mejor pagado que la imprenta. Desgraciadamente, con la llegada de la crisis de la construcción, el nuevo trabajo le duró apenas un año. De eso hacía ya más de dos años. Desde entonces está en paro y vive en casa de sus padres. Sus padres pasan la mayor parte del año en otra casa que tienen en la playa, y pagan los recibos de los gastos de la casa en la que él vive en Madrid. El primer año no le fue demasiado mal hasta que agotó la prestación de desempleo. Una vez acabado el maná del paró, consigue hacer de vez en cuando alguna chapuzilla con la que se gana unos euros, mientras que sus padres le envían de vez en cuando algo de dinero para que se de algún pequeño lujo que contribuya a endulzar su atribulada vida.
No necesitaba mucho, ya que la casa y la comida la ponían sus progenitores y, la verdad, tampoco se le veía muy preocupado. Con las espaldas cubiertas dentro del nido familiar, me daba la impresión de que cierto fatalismo mezclado con una actitud de resignación bobina habían anidado en su ánimo.
Charlamos durante un buen rato de mil y un temas intrascendentes, echando unas risas y haciendo incontables bromas. Cuando nos fuimos calentando, salió el tema, tan presente en todas las conversaciones últimamente, del estado de España en estos tiempos de crisis, de la precariedad laboral y de la dificultad para encontrar un puesto de trabajo. Como comenté antes, no me pareció excesivamente preocupado para ser una persona que ya llevaba bastante tiempo en paro.
Me resultaba bastante interesante conocer la opinión en primera persona de una persona joven y desempleada. Por descontado que él no iba nunca a manifestarse ni a participar en las protestas del 15M que se estaban produciendo en esos momentos, era demasiado pasota para eso, pero posiblemente su cabreo e indignación y sus razones para ello, podían ser parejos a los que motivaban las manifestaciones que se estaban produciendo por toda España.
Después de un intenso intercambio de opiniones, argüí que a la crisis mundial que estamos sufriendo, se unía en nuestro caso el agravante de un gobierno incapaz y con una política económica caótica que está llevando el país a la ruina, mientras la gran mayoría del resto de los países están saliendo poco a poco a flote.
Entonces, y de forma sorpresiva, me reveló la perversa trama que los poderes fácticos habían urdido a nuestras espaldas. No era algo, obviamente, que el hubiera deducido por si mismo durante los largos días de forzada inactividad, o durante alguna de las mañanas de resaca en las que aún se dejaban notar los efectos de los psicotrópicos consumidos la noche anterior. La naturaleza de la confabulación le había sido comunicada por su padre. Hombre ya jubilado, que vive, como antes he comentado, con su mujer en una zona de playa y que, por consiguiente, tiene suficiente tiempo, y nada que perder, para poder  dedicar sus horas libres a destramar y hacer pública la verdad que va a conmocionar y dejar en estado de shock a toda la nación.
El buen señor sabía de buena tinta, de fuentes fiables, que la derecha, apoyada en los poderes fácticos a los que tradicionalmente ha estado aliada para tener sojuzgada a nuestra patria, estaba enterada con muchísima antelación de la crisis que se avecinaba. Estaba tan bien enterada, entre otras cosas, porque ellos mismos eran los responsables de la crisis como parte de sus turbios manejos para tener sojuzgado al mundo. Sabedores de la que se avecinaba, decidieron que era mucho mejor que la crisis se desarrollara con la izquierda en el poder, y así evitar el tremendo desgaste que esta produce. Así los inocentes y bienintencionados progresistas pagarían el pato y se desprestigiarían a los ojos de la nación.
Y no se les ocurrió mejor sistema para conseguirlo que poner una serie de bombas  en los trenes de cercanías para condenarse a sí mismos cuando tenían las elecciones prácticamente ganadas. De esta forma provocaron el vuelco electoral que tan desesperadamente necesitaban. Y como prueba está que las bombas explotaron en trenes que hacen servicio en barrios populares del sur de Madrid, más afines a la izquierda. Así el PSOE se ha tragado 8 años de infortunios que le han desgastado de tal manera que ahora toda la nación se echa en manos de la derecha felona justo cuando la crisis toca a su fin.
Menos mal que hay aún mentes preclaras que nos abren los ojos a la realidad. Más le valía al CESID introducir unos cuantos agentes en los bailes de salón que hace el IMSERSO en Benidorm, que andar gastando inútilmente dinero en espiar embajadas,  meter topos entre los malos y otras tonterías por el estilo…