Azafatas en la Gran Manzana

Reflexiones previas al relato (Año 2.000)

Tengo un tío que se casó con una azafata de vuelo. Al igual que yo, es un gran aficionado a los viajes, pero al mismo tiempo siente un enorme pánico a los desplazamientos en avión. Obviamente, esto era; con los estupendos precios que obtenían en las líneas aéreas, un enorme trastorno, tanto para el como para su mujer. Finalmente al fallar todas la terapias y razonamientos, y al ser esta una fobia que escapa a todo tipo de lógica y razonamiento, decidió aprovechar  los privilegios que le aportaba el hecho de ser el marido de una azafata . Acostumbraba a entrar una hora antes del vuelo en la sala Vip del aereopuerto y atizarse media docena de copazos. De esta forma podía a subir al avión en estado de semi-felicidad e inconsciencia, que le permitían   afrontar el trayecto sin demasiados problemas.
Como yo me encuentro con el mismo problema, si es posible aún más acusado en sus dos vertientes (Adoro los viajes y tengo pánico a volar), he llegado a la conclusión de que lo que me falta es una solución como la suya. He indudablemente para ello es imprescindible conocer una azafata. Así  podré acceder sin problemas a la sala VIP. (soy un romántico incorregible).

Azafatas en la Gran Manzana

En cierta ocasión me encontraba de viaje en Nueva York junto a mi hermana, su marido y mi sobrino y ahijado de 3 años. Después de una agotadora jornada de visitas a museos y monumentos llegamos completamente desfallecidos al hotel. Como durante toda la jornada nos habíamos alimentado de perritos calientes, bagels y otro tipo de comidas diabólicas, yo estaba bastante necesitado de sentarme a comer algo pausado y a ser posible de tenedor. Propuse hacer una rápida expedición, para buscar víveres que echarse al coleto en alguno de los muchos pequeños restaurantes que había por la zona. Mi hermana desechó rápidamente la idea, pues se encontraba muy fatigada, pero Cristian, que a tal nombre responde mi cuñado, la aplaudió fervorosamente. Así que cogimos a mi sobrino, con el fin de que mi hermana pudiera descansar tranquilamente, y nos lanzamos a la aventura gastronómica. Tras recorrer algunas calles y descartar varios locales, decidimos entrar en un bufé. Ya que uno no se puede fiar excesivamente de la comida de los gringos, al menos es mejor verla, tenerla expuesta antes tus ojos, para poder elegir lo menos malo posible. El lugar tenía, al menos, un aspecto bastante agradable y acogedor. Dimos en primer lugar a Dieguito de comer unos estupendos espaguetis, con el fin de mandarle a jugar mientras nosotros nos concentrábamos tranquilamente en nuestros manjares. Elegimos nuestras viandas y nos pusimos a devorarlas ávidamente mientras charlábamos sobre las diferentes anécdotas que se habían sucedido a lo largo del día. Dieguito, mientras tanto, jugaba cerca nuestro con unos camiones y coches que le habíamos comprado ese mismo día. El local era bastante amplio y no había por lo tanto ningún problema de espacio; el enano no molestaba a nadie. Después de un buen rato, cuando ya estábamos a punto de acabar , entró en el restaurante un grupo que inmediatamente llamó mi atención. No era para menos, pues en pocas ocasiones había visto tres chicas juntas tan bonitas, y mucho menos en los Estados Unidos. Supongo que sería mi boca abierta con la comida a mitad de masticar, los ojos a punto de salir de mis órbitas o el tenso silencio en el que me sumí; el caso es que Cristian, que estaba de espaldas a la puerta, notó inmediatamente, con su habitual perspicacia lobuna, mi cambio de actitud. Se dio la vuelta, y haciendo gala de su tremenda y aguda capacidad de análisis, calibró inmediatamente la situación.
– ¿Qué, … te gustan?
¿Como no podrían gustarme? ¿A quién le ha sido dado el privilegio de ver a tres ángeles bajados a la tierra para provocar la admiración de los mortales? Parecía imposible que aquellas tres maravillosas sonrisas, que aquellas deliciosas hileras de dientes irradiaran más luz que toda la plaza de Times square, que la más luminosa de las noches estrelladas. Con su entrada cambió todo el ambiente del local; parecía más resplandeciente, más límpido, incluso la comida, detrás de sus asépticas vitrinas, presentaba un aspecto más apetecible.
– Más que gustarme me angustian. ¿No ves el sudor frío que me ha empezado a inundar la frente, no notas que ya no consigo llevar ni una cucharada de comida con su contenido completo desde el plato a la boca, no ves que mi paladar ha quedado tan seco que más que masticar, lijo literalmente la comida?
– ¡Anda, anda no seas exagerado!
– ¡Exagerado! No dirías tu lo mismo si no estuvieras felizmente casado con una magnífica esposa esperándote en el hotel y este sublime enano correteando por aquí a tus pies. Yo siento la angustia de la impotencia, la confusión y la frustración que me da la certeza, de que para un cazador, es esta una pieza excesiva. azafatas
Cristian me miró con una expresión perpleja durante unos instantes y seguidamente llamó Dieguito que andaba por allí cerca. Debo añadir que mi sobrino, que entonces contaba, como antes he dicho, con unos tres años era, y aún es lo es, un niño en verdad precioso. Además de guapo, tiene una simpatía y un desparpajo impresionantes, que ahora, con 7 años ya, incluso se ha incrementado. En cuanto te descuidas un momento se pone a charlar con el primero que encuentra sin ningún reparo, dejando a todo aquel con él charla, encantado. El caso es que entonces únicamente hablaba inglés, y para mí tenía aún mucha más gracia. Cristian hablo con él durante un corto espacio de tiempo y seguidamente le señaló hacia las chicas, que estaban al otro lado del local, de pie frente a los expositores de comida. Diego salió disparado hacia ellas sin pensarlo un momento, y Cristián sacó su cartera y me dijo que me levantara y le siguiera.
– ¿Pero que narices le has dicho al enano?
– Le he dicho que vaya donde esas tres chicas tan guapas y les enseñe su camión de juguete. Ahora nosotros nos acercamos a pagar y casualmente entablamos conversación con ellas.
– ¡Cabrón, esto no se hace así, por sorpresa! Deberías haberme avisado de la jugada con tiempo. Al menos a los kamikazes les permitían beber un trago de sake y rezar sus oraciones antes de precipitarse sobre un acorazado enemigo.
– ¡Pero bueno¡ ¿De que te quejas?. ¿No estabas fascinado por esas chicas? ¿No querías entablar conversación con ellas?
– Bueno creo que sí,… ¿o no?,… bueno la verdad es que no hay nada que me apeteciera más, pero me encuentro un poco fuera de lugar. Un país extranjero, estoy sin un duro y son tres,… ya que obviamente contigo no voy a contar. Además ya sabes que una de las razones por la que estoy aquí es para reponerme después de la puñetera enfermedad, y francamente no estoy ni física ni anímicamente  demasiado en forma.
Todos mis razonamientos no sirvieron para nada porque durante el tiempo en el que desarrollábamos esta conversación, ya nos habíamos plantado frente a las chicas y, Cristian, esbozando su mejor sonrisa, había comenzado a charlar con ellas en inglés.
Con cierta dificultad pude enterarme del conjunto de la conversación.
– Disculpad, si os está molestando, pero es que el niño es muy sociable y es probable que, con lo guapas que sois, le recordéis a su mama.
– ¡No, que va a molestar! El niño es monísimo y muy simpático.
– ¿Qué hacéis por aquí?
– Bueno, somos españolas, azafatas de Iberia y hoy ha sido nuestro primer vuelo al extranjero.  Estamos muy ilusionadas por la novedad, y hemos salido por ahí a dar una vuelta.
Nuestra cara de perplejidad fue indescriptible. A mi me vino enseguida la vena patriótica y no pude dejar de pensar que era bastante lógico, que tres bombones juntos de esa categoría,  solamente podían ser españolas.
– ¡Qué casualidad! Yo soy chileno, pero la madre del niño, mi mujer, es también española, y aquí está mi cuñado, también español.
– ¡Que gracia¡, ¿y que hacéis por aquí?, …¿estáis de turismo?
– Bueno, yo he tenido que venir por unos asuntos de trabajo y he aprovechado para traer a la familia. Mi cuñado ha venido desde España para pasar unos días con nosotros.
– ¡Ah sí! Nosotras somos de Madrid. ¿tu de donde eres?
– Bueno,… er, … yo,…
– ¡Mi cuñado, que se llama Moncho, y mi mujer, son de Santander!. Pero el vive en Madrid, y nosotros en San Francisco. Hemos dejado a mi mujer en el hotel descansando y hemos salido a comer algo.
Carajo, pensé, aunque al principio me trabo un poco, por eso de los nervios de estar acariciando el cielo, luego suelo soltarme. Pero con este cuñado de sonrisa “Profidén” y verborrea inacabable, y un sobrinito encantador a los pies, es muy difícil desarrollar una digna oposición. Siento que los sillones colorados del congreso están empezando a perder el debate.
Siguió una conversación intrascendente durante unos minutos más, en la que me tocó llevar el papel del coro en una suerte de deslucido acompañamiento. He visto orquestas de verbena de pueblo mucho más acompasadas que yo ese día. Llegó un momento en el que lo único que podía hacer era seguir a duras penas el rutilante movimiento de esos tres divinos pares de labios y los destellos de sus níveas dentaduras. Ya ni tan siquiera oía lo que estaban diciendo. Sentía que la situación se me escapaba de las manos y que me abandonaba a una suerte de caída sin fin, que me provocaba un vértigo incontrolable. Cristián tenía a dos de ellas hipnotizadas con sus gracias y zalamerías, mientras que Dieguito, en claro desprecio a mis canas y al apadrinamiento  que me concedieron sus progenitores en el día de su bautizo, acaparaba toda la atención  de la otra ¡Santo cielo, la competencia era atroz!. En un alarde de arrojo y valentía sin precedentes intenté atacar  al enemigo por el flanco que estimaba más débil. Rasque mi bolsillo en busca de los escasos dólares que aún me quedaban y le dije a Diego:
– Dieguito, no quieres comprarte  un ¡coño! ¿cómo se dice Chupa Chus en inglés? Ni tan siquiera podía hacer uso de mi portentoso verbo y capacidad de persuasión, debido a que el maldito mocoso no me entendía  ni una sola sílaba. Bueno,… calmemonos, el maldito mocoso es mi sobrino preferido y ahijado para más datos. No me puedo dejar llevar por el destello transitorio de una bonita sonrisa, unas piernas perfectas, un busto seductor,…. ¡que alguien me quite de encima enseguida a este cachorro de Casanova o lo estrangulo!.
La cosa se ponía bastante fea.

… el final está abierto…. aunque la anécdota es real, decidí improvisar varios finales, para que cada cual eligiera el que creía que era el que realmente ocurrió…. En breve publicaré todas las opciones.

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