Entre los hábitos que aún perviven en los países del tercer mundo esta la costumbre de solicitar un montón de datos absurdos en los formularios que tan frecuentemente nos vemos obligados a rellenar. Muchos viajeros opinan que estos países están anclados en un farragoso y agotador universo burocrático que nos transporta a épocas ya pasadas en nuestros propios países. No creo que sea así. Nuestra burocracia es aún peor que la suya. La diferencia estriba en que ellos, en la mayoría de los casos, no disponen de nuestras inmensas bases de datos conectadas entre si por la red, y a cada paso que damos nos hacen rellenar pesados y obsoletos formularios de papel. Probablemente estos formularios serán archivados y jamás consultados o revisados, puesto que procesar tal cantidad de información es prácticamente imposible con los medios de los que las administraciones de estos países disponen. Otra de las sustanciales diferencias entre ambas burocracias, aparte de la meramente logística, es que en los países emergentes o del tercer mundo, como se les prefiera denominar, siguen obsesionados con datos y detalles de nuestras vidas que, aparentemente, hace tiempo desaparecieron de nuestros registros personales de pasaportes, cédulas de identidad, etc. Primordialmente porque se considera que son datos estrictamente privados, no excesivamente útiles para el control de la población, y que no deben de ser aireados en documentos públicos a disposición del primer policía, aduanero, burócrata o recepcionista de hotel que encontremos en nuestro viaje.

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Aún hoy, heredados de tiempos pretéritos, figuran en nuestros carnets de identidad registros, como son los nombres de pila de nuestros padres, que no sé muy bien que narices le pueden importar a la autoridad competente. Me imagino a un policía pidiendote la documentación y diciendo luego; ¡caray, si tu eres el hijo de Pilarín y Toño!
De estos múltiples y absurdos datos que hay que insertar en los formularios, uno de los que despierta más mi atención y regocijo es el de tu profesión. No tengo ningún problema en declararla, pero me parece un apunte muy poco útil para el control de los viajeros. Además, al contrario de muchos otros datos, este no se puede cotejar en ninguno de los documentos que llevas encima al viajar, como son el pasaporte o el carnet de conducir. Por lo tanto, puedes mentir abiertamente sin que nadie pueda probar tu embuste. A veces me da la impresión de que es más bien una obsesión de cotilleo de patio de vecinos, que un dato de verdadera utilidad.
Al principio me las veía y deseaba para rellenar correctamente los formularios. En primer lugar no sé muy bien que soy exactamente; al menos en el ámbito profesional. En segundo lugar me encontraba con el problema de traducir mi empleo, una vez aclarado el problema de mi identidad laboral conmigo mismo, a la lengua franca utilizada en cada país. Escribir, por ejemplo, empresario* en un país francófono es terriblemente laborioso. Nunca estás seguro de si lo has puesto bien y de si te van a entender o lo vas a liar más cuando intentes aclararlo. Además, en ese caso en particular, su sonido me trae a la cabeza a un trepa, a un tipo sin escrúpulos, algo que odio de manera particular. Aunque si lo pienso detenidamente, es una de las premisas principales que se necesita para ser un empresario de éxito. Definitivamente en esos países no me gustaba nada ser empresario.
A pesar de mis reticencias, esos primeros años de viajes me lo tomaba muy en serio e intentaba ser lo más fiel posible a la verdad; muchas veces, lo confieso, preocupado porque la veracidad o falsedad de aquello que pusiera, pudiera ser detectado de inmediato por los recelosos funcionarios, a los que yo siempre he creído dotados de un sexto sentido para descubrir los embustes. Con el pasar del tiempo me fui relajando y dándome cuenta de que ese aluvión de datos y papeles no solo no le debía de preocupar a casi nadie, sino que no había suficientes burócratas en el mundo que pudieran llegar a analizarlos.
Comencé a inventarme todo tipo de profesiones y ocupaciones varias. Al principio era simplemente para divertirme, para introducir algo de variedad mientras rellenaba el tercer o cuarto formulario del día, así como, burlarme del sistema que me exigía, en interminables sesiones agarrado al bolígrafo, aportar datos que yo consideraba intrascendentes. Dada la enorme cantidad de cosas que hay que poner en estos impresos y el exiguo tamaño de los mismos, las primeras profesiones que me inventaba solían ser  palabras bastante cortas. Por tanto, inicialmente, mi capacidad laboral estaba sometida a las restricciones del espacio y no podía dejar volar excesivamente mi imaginación. En países anglosajones solía ser clown, spy o dancer, mientras que en los francófonos alternaba entre grutier, juge o sencillamente chef. A veces reducía el tamaño de la letra o  escribía en diagonal para así poder salir de la rutina laboral que me imponía la estrechez del espacio disponible. De esta manera podía aspirar a ser algo con más empaque, algo que impresionara a aquellos que me obligaban a rellenar esos inacabables manuales de la estupidez. A sus ojos me convertía en éboueur, cowboy, astronauta e incluso shepherd, cuando me encontraba en estado de ensoñación bucólica. Me lo pasaba en grande. No pocas veces entraba en el terreno de lo esperpéntico, rezando para que nadie mirara detenidamente lo que acababa de poner y partiendome de risa con mis propios juegos de niño pequeño. En el aeropuerto de Bamako fui Marxiste-tractoriste, en la aduana de entrada del puerto de Isla Margarita me tienen registrado como Apaleador de Perros, a la zona restringida de Spiti, limítrofe con China en el norte de la India, accedí como Pornography Writer, y así un montón de estupideces más que sería largo de enumerar.
Las cosas fueron cambiando y cada vez, aunque de forma aparentemente inconsciente, encontraba alguna oculta razón para convertirme en algo diferente. Ya no me restringía al puro divertimento. En ocasiones me convertía en algo que había soñado ser de pequeño; como pirata, mercenario, domador de leones o cualquiera de los mil arriesgados y aventureros destinos que en aquel entonces soñaba que de mayor me esperarían. Indudablemente en esas ensoñaciones la añoranza cumplía un estimable papel, y los breves segundos que tardaba en rellenar el formulario me imaginaba a mi mismo, junto a mis amigos de infancia, asaltando barcos de la Compañía de Indias, derrocando gobiernos corruptos o recibiendo el entusiasta aplauso de una chica estupenda después de haber reducido a un tigre escapado accidentalmente del zoológico.
En otros momentos mis sueños eran más nostálgicos, más actuales y a la hora de rellenar el campo correspondiente a mi labor profesional, intervenía la melancolía, el anhelo de mis deseos no llevados a cabo, de mis deseos frustrados. El triunfo era muy efímero, circunscrito casi siempre al corto intervalo de tiempo que venía después de haber acabado de rellenar el impreso, y casi inmediatamente luego la aflicción irrumpía como un río desbocado inundando y anulando el resto de mis emociones. Me había permitido ser durante unos instantes aquello que en mi más hondo ser siempre había deseado y que me preguntaba porqué no había sido y si algún día llegaría a ser; poeta, aventurero, arqueólogo o navegante solitario.
Independientemente de cuales fueran las causas por las que rellenaba en cada diferente ocasión el espacio reservado a la ocupación, mi visión acerca de esos momentos fue cambiando gradualmente. Mi hastío y rechazo no se trocó en ardientes deseos de rellenar incansablemente boletines, pero al menos acabé siendo algo más complaciente con ellos. Al fin y al cabo me permitía ser, por un corto espacio de tiempo, aquello que nunca fui y que, probablemente, nunca llegaría a ser.