Abro los ojos

Abro los ojos. La cabeza pesada, embotada, la boca seca, un zumbido en los oídos y el malestar general que acompaña al despertar de un sueño agitado. La pesadilla aún palpita en mis sienes. Caía, caía y, a pesar de la sensación de vértigo, de la imposibilidad de agarrarme a algo que me frenara y me ayudara a hacer desaparecer el abismo en el que me precipitaba, rezaba por no llegar al final.

El final significaba eso; el final.

Mejor estar embarcado en ese carrusel, sentir como tus manos aletean en el vacío, como tu estómago acude al encuentro de tu garganta, saturando la boca de bilis, que no sentir ya nada. Otras veces había tenido sueños en los que caía, sueños en los que antes de aterrizar conseguía despertar con un sobresalto y un manotazo lanzado al aire para intentar aferrarme a un objeto firme, pero nunca habían sido tan intensos, tan reales.


Una luz implacable me deslumbra. Parpadeo y entrecierro los ojos para acostumbrarlos, de forma paulatina, a la claridad que me rodea. Debo haber dormido mucho tiempo. La mañana está avanzada y su esplendor agrede mis sentidos. Cierro los ojos, aspiro el aire con fuerza, y el aroma de la primavera me inunda los pulmones. No tengo una idea clara de donde estoy, me encuentro desorientado. Me ocurre muy a menudo cuando vuelvo de un largo viaje. Después de haber dormido en un montón de camas diferentes, en hoteles de diferentes ciudades, cuando vuelvo a casa me encuentro desorientado y, por las mañanas, siempre tardo un tiempo en ubicarme.

En cuanto cierro los ojos el sopor me anega los sentidos. Es como si me hubieran forrado el interior del cráneo con terciopelo que me acaricia el cerebro, acunándolo. Por un rato me dejo llevar, pero no vencer. Estoy extenuado. La pesadilla que me ha perturbado no me ha dejado descansar y mi cuerpo lo nota. A pesar de que mi organismo vuelve a exigir con fuerza su alimento; el sueño reparador,… no me dejo llevar. No quiero volver a sumirme en el delirio, en otro agotador combate con mis alucinaciones y con los miedos que me acechan tras una simple caída de párpados. Para evitarlo intento evocar punto por punto los detalles de la pesadilla que me ha turbado. Su recuerdo actuará como un repelente y, con suerte, me ayudará a mantenerme en vela. Además me gusta registrar aquellos sueños que consigo recordar al día siguiente, sean como sean. Son parte de mi vida, la memoria de mis días.


Recuerdo que al principio del sueño estaba buscando, junto a un pequeño grupo de gente, un lugar en el que reunirnos para hablar a oscuras. El reto era hacerlo, sumidos en la mas absoluta negrura, durante varias horas. No habíamos trazado ningún guión, ni planificado tema alguno de conversación; simplemente sentarnos y dejar que las cuestiones fueran fluyendo de forma natural. La oscuridad aportaría cierto anonimato que haría la charla más desinhibida.
Por supuesto, durante la experiencia, estamos seguros de ser capaces de reconocer las voces y de donde procede cada una de ellas pero, al no ver los semblantes ni las expresiones y no poder situarlas de una forma exacta en el plano espacial, conseguiremos cierto anonimato, tanto al hablar como al escuchar. Hablando a un ser sin rostro, sin una presencia física, y así eliminando los condicionantes que tienden a desvirtuar la espontaneidad en la comunicación. Es un experimento para intentar conocernos más a fondo, para desnudar nuestra charla.


En nuestra búsqueda llegamos a un desván agaterado situado en una vieja casa de  madera de estilo americano, que pertenece a mi hermano. Curiosamente, en el sueño, soy perfectamente consciente de que vivo con mi hermano, pero no consigo recordar esa casa ni tener la impresión de haber estado nunca en ella. El desván es muy pequeño, de techo bajo, y está lleno de cachivaches. No estamos seguros de que sea el lugar idóneo para nuestro encuentro. En el aire flota un ligero olor a madera quemada, como si recientemente hubieran hecho ahí una hoguera. Sumidos en las tinieblas, la profusión de objetos podría entorpecer mucho nuestros movimientos, y hacernos sufrir algún que otro encontronazo por lo que lo desechamos. Se lo digo a mi hermano y decide ayudarnos a encontrar otro lugar más apropiado para nuestros propósitos. Nos lleva a otra casa de su propiedad, cuya existencia también ignoraba. Está en lo alto de una colina y goza de unas impresionantes vistas sobre el resto de la población. Una casa cúbica con dos plantas y grandes cristaleras. Por suerte el piso de arriba dispone de una gran estancia en la que se puede conseguir absoluto aislamiento. La disposición es extraña, en la parte de abajo están las habitaciones, mientras que el piso de arriba está dedicado a la zona de servicios. Al revés que en la mayoría de las casas.


A partir de ese momento llegan los recuerdos más inquietantes del sueño. Debo hacer un esfuerzo especial para perfilar todos los detalles con exactitud. Aún me encuentro en un estado de duermevela y los recuerdos acuden en una línea discontinua. Un fogonazo aquí en forma de nítida imagen, otro más allá, desdibujado y confuso. Todos ellos sin un orden cronológico. Cuando consigo retener unos cuantos, reconstruyo la línea principal y voy encajando una a una las piezas del puzzle. Rememorar un sueño es, casi siempre, bastante complicado. Consigues una reconstrucción clara en la cabeza y, de pronto, de un plumazo, se borra por completo de la memoria, haciendo inútil cualquier esfuerzo para retenerlo. Aprieto las mandíbulas con fuerza y arrugo el ceño, como si de esta guisa pudiera fijar mejor las figuras y las formas que pueblan mi cabeza. Decido ayudarme manteniendo los ojos cerrados. La vista de un objeto extraño podría distraerme, al igual que en el experimento que pretendemos llevar a cabo en el sueño.

A veces es la realidad la que sigue a los sueños y no viceversa. En mi sueño aparecen un grupo de desconocidos y mi hermano. El es la única persona que reconozco y, sin embargo, es la que más incógnitas me plantea, pero no hago absolutamente nada para despejarlas. Recuerdo una época en la que, después de un sonado desengaño amoroso, recurrí a una serie de webs de citas para conseguir ligar. No era tanto porque necesitara la ayuda de este medio para poder conocer chicas, sino que la reciente y aun sangrante ruptura me había provocado una especie de miedo escénico a entrar en contacto directo con el flirteo. Prefería escudarme en el anonimato para poder afrontar el vértigo que me producía la posibilidad de una nueva relación. Independientemente de las experiencias sentimentales que acumulé, lo más interesante fue lo mucho que llegabas a conocer a la persona con la que flirteabas. Al principio la desconfianza era enorme y lo primero que se hacía para romper esa barrera era ofrecer y pedir un montón de referencias personales. Luego, una vez que obtenías un verdadero aluvión de datos y, según ibas progresando en la relación virtual, procurabas trasmitir a la otra persona las inquietudes, pasiones, gustos y rasgos que mejor definen tu personalidad. De tal manera que, cuando llegabas a contactar  en persona con la chica a la que dedicabas tus desvelos virtuales, no te daba la impresión de estar delante de una extraña. Lo curioso es que a algunas de ellas, las conocía mejor que a muchos de mis amigos. Por supuesto que conocía mejor a mi hermano que a cualquiera de mis amigos, de mis simples conocidos o de las chicas con las que contacté en la web de citas, pero no había accedido a este conocimiento tanto por lo que habláramos o nos contáramos mutuamente, como por el contacto cotidiano de nuestra vida en común, nuestro día a día. En cierto sentido dábamos de tal manera por sentado nuestra cercanía, que apenas nos comunicábamos. Posiblemente, reflejo de esa falta de diálogo, mi hermano en el sueño era una incógnita. No conocía las casas a las que nos llevaba, ni le pedía que participara en la experiencia que nos disponíamos a vivir, quizás porque sabia que la rechazaría o la menospreciaría. Ni tan siquiera salía representado físicamente como una figura nítida, sino como una figura abstracta, difusa, diluida.


Consigo retomar el hilo del sueño. Nos disponemos a seguir adelante con nuestra experiencia. Convenimos en que serán muchas horas y que no es imprescindible mantenerse despierto. Al fin y al cabo lo que estamos haciendo es algo voluntario y, en esa voluntariedad, se basa gran parte del éxito de la empresa. Si se fuerza a la gente a hablar se pierde el efecto de una conversación fluida, espontánea y de libre elección. La acumulación de horas sin distracciones invita a una conversación mas pura, mas conceptual. La ausencia de luz evita que la vista acuda a detenerse en objetos que inciten a la contemplación y, en consecuencia, se limitan las distracciones. Al no ver las caras y los gestos de las personas con las que conversas, es únicamente la voz y su tono, lo que te indica el carácter del coloquio. No te dejas influir por una mirada que te escruta mientras hablas y el anonimato te hace perder la inhibición.


Comenzamos a charlar de forma desenfadada. Los temas van variando según vamos tomando confianza, tanto con el entorno como con esas voces que oímos en la oscuridad y que, aparentemente, corresponden a los amigos con los que hemos entrado en la habitación. De los temas frívolos que empleamos al inicio para romper el hielo y desbloquear una situación, que en el fondo nos da a todos un poco de apuro, pasamos a conversaciones mas farragosas. Asuntos que en otras circunstancias, con menos tiempo y otro entorno, es posible que tardáramos mas en abordar. No recuerdo exactamente la temática de las conversaciones, pero si que poco a poco se van haciendo mas profundas, mas interesantes. Tras varias horas de conversación, algunos miembros del grupo van causando baja por puro agotamiento. También es verdad que la calma reinante, que solo quiebra nuestras voces y la oscuridad que nos rodea, aumenta la sensación de que la finalidad ultima de nuestra estancia es el sueño. El cuerpo se deja llevar por sus apetencias y arrastra y embota nuestros sentidos. Finalmente acabamos cayendo todos en los brazos de Morfeo.


El sueño dentro del sueño es agitado, ligero. Algo en el ambiente impide abandonarme y descansar. En el piso de abajo duerme mi hermano, ajeno al discurrir de nuestra historia. Hemos pedido aislamiento total durante las horas que va a durar nuestra experiencia. Tenemos comida, bebida y un baño; todo lo que necesitamos para satisfacer nuestras necesidades básicas. Lo demás es superfluo y nos desviaría de nuestro propósito, nos distraería.


Finalmente desisto de intentar vencer a la vigilia y permanezco tumbado en medio de la oscuridad con los ojos abiertos. Aguzo el oído y escucho las respiraciones de mis compañeros. Parece que todos duermen. Lo distingo por las respiraciones pesadas, en su mayor parte aspirando por la boca, con algunos amagos de ronquidos. Aparentemente reina la calma, pero no es así. Presiento algo extraño. Algo que me hace permanecer desasosegado, algo que deduzco que es el motivo por el que la inquietud domina mi sueño.


Creo oír ruidos en el exterior. El único ventanuco que hay en el desván, se encuentra al otro lado de la estancia. Para acceder a él debería pasar por encima de mis compañeros diseminados por el suelo y, a buen seguro, tropezaría con ellos y los despertaría. Intento producir el menor ruido posible, incluso contengo la respiración porque, en la oscuridad, cualquier sonido que genero parece que se magnifica.


Al cabo de un tiempo de mantenerme atento y suprimir mis propios sonidos y aislar los que hacen mis compañeros, consigo distinguir claramente los que se producen en el exterior. No procede de una sola fuente, son varias las que lo generan. Algunas mas vagas, otras más nítidas. Sonido de tierra y pequeñas piedras moviéndose. Como si alguien o algo arrastrara los pies por el exterior. Son decenas de movimientos. Si, es eso lo que estoy oyendo, decenas de movimientos. A fuerza de concentrarme, consigo disociar los sonidos de mis acompañantes y los del exterior. Estos últimos comienzan a magnificarse. Cada vez los oigo mas altos y con mayor claridad. Ahora ya no me parecen docenas, sino cientos. Es una multitud lenta, susurrante, desordenada y caótica, que parece confluir hacía los alrededores de la casa. No se escucha voz alguna, solo el rumor de los pies barriendo el suelo, los brazos rozando los cuerpos y como un sordo murmullo de gargantas que ahogan un gemido que nunca llega a convertirse en lamento. En una ocasión visité una granja avícola. En una enorme sala había miles de gallinas hacinadas, esperando a que una cinta transportadora las llevara hacía la zona donde las sacrificaban. Esperaban, inconscientes de su destino, cloqueando sin cesar, produciendo un sonido como de multitud conforme, sin elevar su cadencia por encima del monótono zumbido general. Una canción que a fuerza de repetirse hasta la saciedad, sin discontinuidad, sin altos ni bajos, resultaba mucho más inquietante que cualquier aislado grito de protesta, por muy desgarrador que este hubiera podido ser. Llega un momento en el que creo que me van a estallar lo oídos. Parece llenarlo todo y no dejar espacio ni tan siquiera para el aire. Respiro murmullos. Es increíble que ninguno de mis compañeros se haya despertado aún. O también es posible que, como me ocurre a mi, estén oyendo y manteniéndose en silencio aterrados ante la posibilidad de respirar un poco mas fuerte, de producir cualquier sonido que les delate. Intento dejar aparte el rumor exterior y centrarme en adivinar si mis compañeros están despiertos. Sus respiraciones rítmicas y profundas indican claramente que siguen plácidamente dormidos. ¿Seré yo el único que oiga los rumores del exterior? ¿Podrán ser, simplemente, producto de mi imaginación? Me parece imposible. El runrún es constante y va aumentando. Me incorporo levemente con los codos en el colchón para poder prestar mejor atención y concentrarme. Ahora, al constante arrastrar de pies, se ha unido un débil golpeteo en las paredes. Pronto los golpes comienzan a aumentar la frecuencia. Pego la mano a la cercana pared y siento, perfectamente, como retumba ligeramente por efecto de los golpes. Cientos de pequeños impactos, como si estuvieran propinados por las palmas de un sinfín de manos. No puede ser producto de mi fantasía. Mi pulso comienza a acelerarse. Mi hermano está durmiendo abajo y tiene que estar sintiendo mucho más nítidamente que yo los pasos y los golpes. Al estar la puerta que accede al piso de abajo cerrada y aislada para que no pase la luz, no puedo saber si se ha despertado. De todas maneras, si lo hubiera hecho, seguramente habría acudido arriba para avisarnos y comprobar como estábamos.


Las palmadas comienzan a sonar en la puerta y en las ventanas. El sonido contra la madera es completamente diferente. Las puertas y las ventanas vibran y se mueven ante los golpes, produciendo un ruido desquiciado que trasmite su histeria a las recias paredes de ladrillo. Con este estruendo, es muy extraño que alguien no se haya despertado. Los golpes arrecian y, de pronto, escuchó claramente como cede una contraventana, luego otra y otra. Un escalofrío me recorre la espalda provocando que se me erice todo el vello. Tengo que levantarme y despertar a mis compañeros, correr hacía la puerta y llamar a mi hermano a gritos para que suba. Mejor será que baje a buscarle. Pero ahora, por más que lo intento, no consigo proferir una sola palabra, no puedo hacer movimiento alguno. Estoy paralizado, mi cuerpo no responde a las ordenes que le manda el cerebro. Lucho con todas mis fuerzas pero es imposible; estoy inerte, indefenso. Intento gritar pero mis labios no se mueven. Tampoco la garganta emite sonido alguno. El único movimiento son los latidos de mi corazón, que lucha desesperadamente por escapar y dejar mi cuerpo a merced de aquello que la noche esconde. Los ojos abiertos, sin ver. Gotas de sudor frío resbalan por mi rostro y, al pasar por las cuencas de los ojos, usurpan la identidad de unas  lágrimas ausentes, incapaces de acompañar mi rabia, mi impotencia.


Abajo los ruidos confluyen hacía la escalera. Van barriendo el piso de madera, murmurando su monocorde plañido que rebota contra las paredes de la casa. A su paso algunos muebles caen al suelo sin demasiado estrépito, como pidiendo perdón por dificultar su inexorable paso. Se acercan, van subiendo los escalones. El miedo corre desbocada por mis venas, trasmitido por el fluido sanguíneo, inunda mi cuerpo, lo enfría y, paulatinamente, poco a poco, lo reemplaza por una angustia y una tristeza infinita. Ahora las lágrimas ausentes ya no son de rabia, son de pena, de congoja, de un inmenso desconsuelo. Estoy solo, y me enfrento solo al fin; sin una palabra de ánimo, sin una mano que apriete mi mano, ni unos ojos que con su dulce mirada mitiguen mi amarga agonía. Quiero llorar y dejar constancia con mi descarnado lamento, de mi protesta. No estoy preparado para esto. No así al menos.


La puerta empieza a tapizarse de golpes. Al principio son pocos, desangelados. Rápidamente va subiendo su intensidad y su cadencia. Siento la puerta temblar y los impactos que recibe parece que inciden en mi pecho. La cabeza me da vueltas, empiezo a marearme, creo que voy a perder el sentido. De pronto todo estalla en pedazos, la puerta cede, todo se desintegra a mi alrededor y es entonces cuando empiezo a caer, cuando me precipito al vacío, y despierto.

He recordado todo con bastante detalle. Quizás con demasiado detalle. No me siento bien. El malestar se ha acentuado, la cabeza parece que me va a reventar y me zumban los oídos.

Abro los ojos.
Consigo enfocar y habituar la vista. Un cielo limpio y azul cubre por completo el campo de visión. A mi alrededor oigo los característicos ruidos del campo. Me encuentro terriblemente cansado, la evocación del sueño me ha dejado extenuado. Tengo que levantarme y refrescarme. Lo intento, pero no puedo mover ni un solo músculo. Es como si el sueño se repitiera. Por mucho que lo intento mi cuerpo se niega a responder. Ahora ya no estoy seguro de cual es realmente la pesadilla, ¿estoy fuera o dentro de ella? Distingo una serie de olores familiares. Huele a gasolina, a aceite, a hierba y a cuero. Y hay otro olor que no consigo identificar claramente. Como a hierro, a óxido de hierro más concretamente.

No, no estoy desorientado por haber vuelto de ningún viaje. Intento recordar donde estoy y como he llegado hasta aquí, pero no lo consigo. Estoy cansado y dolorido. Una enorme laxitud me anega poco a poco los sentidos. No quiero cerrar los ojos por temor a que vuelva la pesadilla, pero si los cierro, probablemente podré salir de esta otra pesadilla. Me abandono, me dejo llevar.
Cierro los ojos.
Tantas veces me he preguntado como sería el final.

Apéndice al relato, que no forma parte de él, pero que sirve para explicar el sentido del texto. Leí la noticia hace un tiempo en el periódico y ha sido la que me ha inspirado.

Hallado muerto en Burgos un motorista que llamó el domingo pidiendo auxilio

MADRID | BURGOS.- “Me he caído con la moto por un terraplén, creo que tengo la espalda rota, pero no sé dónde estoy”. Son las palabras desesperadas de un motorista accidentado que pedía auxilio a través de su teléfono móvil. Casi 24 horas después fue encontrado muerto en una carretera de Burgos.

Fuentes de la Subdelegación del Gobierno en Burgos confirmaron a este diario digital que fueron operarios de la empresa de mantenimiento de la N-234, que une SaguDSCN0338_2nto con Burgos, quienes localizaron este lunes el cadáver de XXXXXXXXXXXXX.
El motorista, de 42 años, había pedido auxilio a las 14.45 horas del domingo mediante una llamada al servicio de emergencias 112. En su llamada afirmó que había sufrido una salida de la vía y había caído por un terraplén cuando realizaba un recorrido entre Barcelona y Villafranca del Bierzo (León), aunque no pudo concretar el lugar donde había sufrido el accidente.
“Debía de estar conmocionado, porque no se le entendía bien y no sabía dónde estaba. Sólo nos dijo que se había caído con la moto por un terraplén, que se había dado un golpe en la espalda y que tenía una pierna rota”, explicaron fuentes del Servicio de Emergencias 112 de Castilla y León. Ellos atendieron la llamada desesperada del motorista, la única que pudo realizar.
“Estuvimos toda la tarde llamando al móvil del accidentado, pero no volvimos a comunicarnos con él. Al principio el teléfono nos daba llamada, pero a partir de las siete de la tarde se quedó sin batería o estaba fuera de cobertura”, añadieron las mismas fuentes.
El servicio de emergencias informó de la situación a las Comandancias de la Guardia Civil de León, Palencia, Burgos, Soria, Valladolid y Zamora, así como al Grupo de Rescate de la Agencia de Protección Civil. Posteriormente los familiares del motorista precisaron la ruta habitual que seguía en anteriores desplazamientos hacia el mismo lugar, pasando por Zaragoza, Soria y Valladolid.
Durante la tarde un helicóptero de rescate y patrullas de la Guardia Civil por tierra, a las que se unió durante la noche un vehículo todoterreno del Grupo de Rescate de la Agencia de Protección Civil, rastrearon la ruta probable del motorista, a lo largo de las carreteras N-122 y N-120 y N-234, las autovías A-6 y A-62, e, incluso, la carretera CL-619, entre Aranda de Duero y Palencia.
El cadáver fue localizado finalmente poco antes de las 10.00 del lunes, en el kilómetro 428 de la N-234, en el término de La Gallega (Burgos). XXXXXXXXXXXXX, que en el momento del accidente conducía una motocicleta de la marca Suzuki, se encontraba “a cuatro metros del borde de la carretera, en una zona ondulada que dificultaba la visión”, precisaron fuentes de la Subdelegación del Gobierno.

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