Cuanto más negra es la noche con más brillo lucen las estrellas.
En el campo de mis sueños hacía tiempo que los deseos eran solo estrellas fugaces que vienen a morir y desaparecer cuando la noche se acaba. Tengo que hacer un enorme esfuerzo para recordar al día siguiente, la tenue estela que dejaron en mi oscuridad. Un rastro apenas perceptible.

fugaz
Desvío mi atención hacia un cuadrante diferente del firmamento.

Hace unas horas, cuando la primera estrella surco el cielo, formulé mi deseo. Poco después, al llegar la segunda, lo reiteré; el mismo afán, sin variación alguna. La tercera sirvió para ahondar aún más en él, atrincherándome en la seguridad de aquellos que saben lo que quieren y, cuyo único deseo, es mantenerse firmes en el deseo.

Ahora que la cuarta estela apenas se ha desvanecido, mi anhelo sigue inamovible. Cada arañazo en el cielo profundiza más en mi determinación y me persuade de que mi destino está labrado en piedra, inamovible, aunque las estrellas y la fantasía que las acompañan, sean el placebo que disfraza de azar mi determinación. Solo, junto a mi determinación, me sentiría desnudo si el hechizo de los astros no me acompañara.

Es un solo deseo formulado por cuadruplicado como las copias que acompañan las solicitudes más trascendentales, aquellas que, de aprobarse, pueden llegar a cambiar tu vida; una blanca, una azul, una rosa, otra amarilla… diferentes colores con un mismo destinatario, con un mismo objetivo.

Hay noches en las que no desearías que amaneciera. Noches en las que el tiempo no transcurre dentro de su métrica natural. Las horas, los minutos, los segundos, pierden su sentido y se trastocan en tu propia medida, en la medida que te dictan los sentidos.

Desgranas uno a uno los sonidos de su respiración, sus silencios, sus suspiros, cada uno de los roces que su cuerpo produce contra la tela y de esta contra el suelo. Un lenguaje que te parece que esconde infinidad de claves secretas, de mensajes escondidos. Significados ocultos, casi con toda seguridad, solo dentro de tu mente, que discurre por un laberinto imaginado, cuando la realidad es cien veces más diáfana, menos enrevesada.

Pero quién ha dicho que en una noche como esta, con el cielo cuajado de estrellas como testigo, los acontecimientos que vivimos sean reales. Y sigues desgranando cada inhalación, cada espiración, queriendo ser el aire que inunda sus pulmones y que, en su camino, dador de vida, acaricia sus labios, se empapa en la dulzura de su lengua. Siento celos del aire.

Al final, vencidos por el sueño llegamos sorprendidos a un amanecer que bendecimos, aunque no esperábamos. Hacemos balance de nuestra noche al ras, sin cubiertas sobre nuestras cabezas ni carcasas sobre nuestros corazones, y decidimos comenzar el nuevo día con la cuenta a cero. Porque los secretos y confidencias que se desvelan amparados por la noche, en la noche se quedan. No es conveniente que trasciendan a la luz del día, que es para el alma, como las luces de los espejos de un camerino para el rostro, que revelan todas las imperfecciones. Pero me queda anclada una pregunta que es necesario responder para que la nave siga su curso.
– ¿Cuantas estrellas fugaces viste anoche?
– Yo 3 ¿Y tu?
– Yo 4
– Que suerte, me has ganado.
– No lo creo
– ¿Y eso?
– ……..
Tan solo pienso que le ha faltado una copia a la hora de rellenar su formulario y que es posible, tan solo posible, que aún así se cumpla su deseo, que siento que es el mio. Aunque también pienso y espero, que nuestros anhelos sean coincidentes y la fuerza de uno arrastre al otro. Cuatro más tres siempre suman siete.

Pero eso es ya una historia que habrá que dilucidar otra noche, en la que las estrellas nos vuelvan a arropar con su pálida luz, alumbrando nuestros deseos. Y mientras tanto queda el día. Cuan largo es a veces el día.